En este artículo quiero mostrar, algunos ejemplos de este afecto por la Iglesia que San Ignacio sentía y de qué modo se concreta dicha actitud en el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.
En una carta fechada el 23 de Noviembre de 1538 y escrita desde Roma por San Pedro Fabro, pero ordenada por San Ignacio a un tal Diego de Gouvea, se trasluce el deseo que el Papa tenía de que los jesuitas siguieran trabajando en Roma, formando gente virtuosa. San Ignacio le recuerda que ellos, están ante todo para acatar las órdenes del Sumo Pontífice.
Esa obediencia al Sumo Pontífice, es el criterio de discernimiento para proseguir la misión. En esta carta vemos sin duda, el espíritu que preside las reglas para sentir con la Iglesia: “No faltan tampoco en Roma muchos a quienes es odiosa la luz eclesiástica de verdad y de vida: sed, pues, vigilantes, y esforzaos tanto en adelante a edificar al pueblo cristiano con ejemplo de vida, como laborasteis hasta ahora en defensa de la fe y doctrina de la Iglesia”.
La undécima regla [EE 363] en el libro de los Ejercicios dirá: “…el definir o declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna, y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias.”
Se trata por tanto, de vivir en la Iglesia siempre con una actitud constructiva, favoreciendo la comunión eclesial, que se realiza vinculada a la cabeza visible de la Iglesia universal.
En los últimos años, algunos bajo pretexto de una falsa ortodoxia impregnada más de ideología que de verdad, justifican no solo un desafecto respecto a la persona y el magisterio vinculante del Papa, sino que protagonizan acciones claramente cismáticas, que rompen la unidad dentro de la Iglesia.
En otra carta escrita esta vez desde Roma, en Septiembre de 1539 al sobrino de San Ignacio, Beltrán de Loyola, le pide que se interese por la nueva Orden.
“…y así ha puesto contra tantas adversidades, contradicciones y juicios varios, que ha sido aprobado y confirmado por el Vicario de Cristo N. S. todo nuestro modo de proceder, viviendo con orden y concierto, y con facultad entera para hacer constituciones entre nosotros, según que a nuestro modo de vivir juzgáremos ser más conveniente…”
En la sétima regla [EE 359] de “sentir en la Iglesia”, leemos: “Alabar constituciones cerca ayunos y abstinencias, así como que cuaresmas….”
La actitud fundamental que vemos en San Ignacio es la de alabar, es decir, la totalidad de la vida y presencia de la Iglesia, en su realidad histórica, sintiéndola como propia (sentido de pertenencia). Recuerdo lo que nos decía siempre un profesor de Historia de la Iglesia, defendiendo la totalidad de la vida de la Iglesia y más en particular la religiosidad popular: “Cuando al pueblo le falte la columna vertebral, es decir, los sacramentos, etc…, no les quitemos las muletas”.
Es muy interesante la carta escrita en el verano de 1540 desde Roma a los habitantes de su localidad natal, Azpeitia.Rescatamos tres fragmentos de dicha carta que nos parecen notorios y donde se refleja este espíritu de las Reglas para sentir con la Iglesia.
“Solo voy a exhortar y pedir por amor y reverencia de Dios N.S. que todos seáis en muy mucho estimar y favorecer cuanto podáis y sea posible, haciéndola predicar juntando el pueblo, haciendo procesión, o poniendo otras diligencias que más al pueblo puedan mover a devoción. Mucho tengo en memoria el tiempo que allá estuve, en qué propósito y determinación quedó el pueblo, después de haber constituido laudables y santas constituciones, es a saber: de hacer tocar las campanas por los que en pecado mortal se hallasen; que no hubiese pobres mendicantes, más que todos fuesen subvenidos…”
“… Poniendo algunas constituciones en la cofradía que se hiciere, para que cada cofrade sea tenido de confesar y comunicarse una vez cada mes…, Tomaban cada día el santísimo Sacramento todos y todas que tenía edad para tomar; después de allí a poco tiempo, comenzándose un poco a enfriar la devoción…”
“Renovar y refrescar en alguna manera las santas costumbres de nuestros pasados; y si en todo no podemos, a lo menos en parte, confesándonos y comunicándonos una vez al mes. Y quien más adelante querrá pasar, sin alguna duda, irá conforme a nuestro Criador y Señor, testificando Sant Agustín con todos los otros doctores santos…”
Una vez más citamos la undécima regla [EE363] por las menciones a los doctores y más concretamente a San Agustín: “Alabar la doctrina positiva y escolástica; porque así como es más propio de los doctores positivos, así como de Sant Hierónimo, San Agustín y de Sant Gregorio, etc., el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios Nuestro Señor…”
Hoy, en una sociedad cada vez más fragmentada, tendemos a aficionarnos e incluso a “idolatrizar” posiciones y autores, proyectando ciertos entusiasmos infantiles. No está mal empatizar más con unas que con otras, e incluso identificarnos con alguna de ellas, pero sin introducir el germen de la división. San Ignacio amaba a los doctores positivos, como San Agustín, Tertuliano y San Cipriano entre otros, pero también seguía y estudiaba con avidez el pensamiento de Santo Tomás y otros doctores escolásticos.
En otra carta a los jesuitas de Gandía (España), fechada el 29 de Julio de 1547, en la que San Ignacio señala la importancia de la autoridad como punto de referencia y pasa más adelante a hablar de las cualidades de la obediencia.
En la 5ª regla [EE357]para sentir con la Iglesia, San Ignacio habla explícitamente de la obediencia: “…5ª regla. La quinta: alabar votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererogación…”
A continuación extractamos un pequeño fragmento de dicha carta: “…Hace también evitar esta forma de vivir muchos errores del propio juicio, y defectos o pecados de la propia voluntad, con seguir la del superior; y esto no sólo en cosas particulares, pero en todo el estado de la vida, obligando cada uno tanto más(a nuestro modo de hablar) la divina providencia a regirle y enderezarle, cuanto más en las divinas manos se resignare por medio de la obediencia que dan a su ministro, que es cualquier superior, a quien por su amor se sujeta.”
El espíritu que emana de esta carta es, que el religioso no pone nunca su modo singular de ver las cosas como regla definitiva, sino que es la obediencia al Superior quien le da el criterio de juicio y actuación.
Escasamente semanas después, se data esta carta del 7 de Agosto del mismo año que la anterior, en 1547.Está escrita en italiano por Polanco y por comisión del propio San Ignacio a los Padres y Hermanos de Padua. Si en la anterior se subrayaba la obediencia, en ésta se exalta la pobreza.
La pobreza, haciendo referencia a la quinta regla, ya citada, para sentir con la Iglesia, “hace percibir mejor en todas las cosas la voz, es a saber, la inspiración del Espíritu Santo, suprimiendo los impedimentos”.
Si el Espíritu de Cristo guía a la Iglesia, uno estará guiado por el buen espíritu y percibirá mejor las cosas del buen espíritu, en tanto éste me conduzca a vivir plenamente lo que me configura más a Cristo pobre y obediente. Ese es el criterio básico del que se deja guiar por el Espíritu Santo de Jesús, que es al mismo tiempo quien guía a la Iglesia.
Por último, el 18 de Julio de 1549 una vez más, Polanco comisionado por San Ignacio, escribe al P. Juan Álvarez que había sido víctima junto con otros jesuitas de Salamanca de algunos ataques de Melchor Cano.
Se habían adoptado medidas para defenderse de dichos ataques, pero tales medidas le parecían al P. Álvarez poco conformes con el espíritu evangélico y con la confianza en Dios que había tenido el propio San Ignacio, y lo consideraba una idolatría, respecto a los medios humanos, semejante a la de los israelitas que habían doblado sus rodillas ante Baal.
Después de hacer un breve recorrido por la Historia de la salvación dirá:
“…Después de la primitiva Iglesia, más fundadas las cosas, se veía ser ésta la práctica común de los doctores santos griegos, Atanasio, Basilio, Gregorio Nacianceno, Crisóstomo; y latinos, Jerónimo, Agostino, y antes dellos Ambrosio, y después Gregorio papa y los demás que han sucedido, que han usado las partes y industrias humanas de doctrina y elocuencia y destreza; y aun armas de potentes, para fines santos del divino servicio, no les pareciendo adorar a Baal, sino a Dios omnipotente, a quien sólo con medios naturales y supernaturales servían…”
Siempre se podrá emplear la crítica constructiva, [EE 362] pero evitando insultos o difamaciones o medios desproporcionados, como por ejemplo descalificaciones públicas, porque eso dificulta y daña gravemente la comunión eclesial.
P. Enrique Martín Baena cpcr
Si el Espíritu de Cristo guía a la Iglesia, uno estará guiado por el buen espíritu y percibirá mejor las cosas del buen espíritu, en tanto éste me conduzca a vivir plenamente lo que me configura más a Cristo pobre y obediente.