Su vocación personal

Por P. Gregorio Rodríguez y Hno. Gustavo Escamurra cpcr. 

sobre el banco

Aquí entendemos por «vocación personal» al hecho de revivir y sentirse identificado espiritualmente con algún aspecto de la vida y de la persona de Cristo, Hijo del Eterno Padre y Portador del Espíritu.

El P. Vallet, como todo servidor bueno y fiel, cargó con grandes sufrimientos interiores y físicos tam­bién.  Con ellos, Dios lleva a cabo su obra de perfec­ción del instrumento por El elegido; además, pone de manifiesto, al mismo tiempo que Él sana y fortalece la fe, la esperanza y la caridad del cristiano, que la obra de salvación es suya.

Como ocurre comúnmente – lo sabemos- con los fundadores de Ordenes y Congregaciones Religio­sas, etc. , Dios no ahorró al P. Fundador el pasar por la cruda noche del espíritu, como es experimentar lo que supone estar crucificado con Cristo.

En una oportunidad sufría en su interior «tristeza de muerte» como Jesús.  Y llamando al entonces seminarista Juan Terradas, le dice: «Os he engañado.  Tenéis que perdonarme, Nos hemos equivocado.  No es posible que esto sea de Dios.  Más vale que nos disolvamos». Pero el mismo joven le anima y le recuerda su vocación de Fundador, con lo que se mantienen ambos decididos a seguir.

Por medio de este débil siervo suyo, Dios regaló a la Iglesia toda dos Congregaciones Religiosas de De­recho Pontificio; máxima aprobación eclesial a que una Congregación puede llegar.

También tuvo que soportar, -y siempre con ale­gría-, humillantes incomprensiones, envidias, intrigas, etc., de parte de algunos miembros de la Iglesia que, por sus acciones, pareciera que «estaban en otra» como suele decirse…. y no precisamente en las cosas de Dios.

Buscaba siempre hacer todo y sólo lo que Dios le pedía: extender el Reino por medio de los Ejercicios Espirituales, es decir, salvar-santificar-comprometer a los hombres.

Amaba con todo su corazón a la Iglesia: Santa por Cristo, y a la vez necesitada siempre de conversión, dada nuestra naturaleza humana herida y debili­tada por el pecado original.

«Quien me ve a mí, ve al Padre» (cf.  Jn 14,9).  Éstas palabras se realizaron, de alguna manera, en la persona del P. Vallet.  Los que le conocían lo afirmaron siempre: en él también se hacia presente el paternal amor de Dios.

Tenía el cariño de un padre.  Era muy alegre in­cluso en su rostro.  Se lo llegó a llamar el “Padre alegría”.

Humilde de corazón, su vida y sus conversaciones eran muy serenas y agradables; conservaba una cristiana serenidad también en los momentos serios y difíciles.

Varón noble y capaz de grandes sacrificios, des­velos y servicios apostólicos para que muchos conocie­ran con la mente y el corazón a Cristo.

Lo que más deseaba ver en sus hijos (que a su vez constituía la suprema aspiración de su alma) era la unión con Dios, la perfección espiritual en humildad y en la renuncia de sí mismo, a fin de hacer presente a Jesús crucificado.  Perfección ésta que consiste en bus­car, hallar y realizar la voluntad de Dios que me llama a vivir como «el mismo Jesús» (Él viviendo en mí).  Volun­tad de Dios que encontró en las maternales enseñanzas de la Iglesia, del Papa y de los pastores fieles a él.

Resumiendo, diríamos que, por obra del Espíritu Santo, nuestro Padre buscaba vivir santamente, y has­ta con heroicidad, lo cotidiano; además, con mucho afecto espiritual y sencillez.  Y no menos, en amorosa comunión con Dios Padre (paternidad espiritual), Hijo (ser el mismo Cristo crucificado) y Espíritu Santo (valletiana docilidad al Espíritu de Comunión, a ejem­plo del Corazón Inmaculado de María).

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