Su ideal y sus amores

Por P. Gregorio Rodríguez cpcr y Hno. Gustavo Escamurra cpcr.

con sombrero

Creemos que, al igual que otros hombres de Igle­sia en sus respectivas épocas, el P. Vallet. inspirado por Dios, se adelantó a los tiempos.

Casi veinte años después de su muerte concluirá el Concilio Vaticano II (1962-1965). De sus documen­tos, la idea central y fundamental es la Iglesia vista como Comunión. Es decir, una IGLESIA-COMUNION que es ser y vivir juntos, unidos con Dios, Cristo, María, los Santos, los fieles difuntos y todos nuestros hermanos que peregrinan aún por esta vida, animados y sostenidos por la fe, la caridad, la esperanza y los sacramen­tos. Él lo expresó, claro está, en los términos y expresiones pro­pios de su época.

Habla el Padre Vallet de dar Gloria a Dios, de la unión de los hombres en Jesucristo, del Reino y Reinado de Cristo Rey, de la Verdad sobre Dios y el hombre, etc. Como se puede apreciar, siempre está presente en estas ideas la Iglesia, por medio de la cual Cristo sigue reali­zando hoy su misión de Buen Pastor y Buen Samarita­no.

Es más, a lo largo de su vida, el P. Vallet ha revi­vido en sí el Corazón de Jesús que ora: «Que todos sean uno» (Juan 17), y que busca realizar la unidad de todos los hijos de Dios entre sí y con el Padre del Cielo por la luz y la fuerza del Espíritu Santo; y esto en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Diariamente rezaba por lo que él llamaba el «Rei­nado social del Corazón de Jesús», hoy diríamos «Cul­tura Cristiana». Oraba como si dijera: «Oh Padre, salva al mundo por el Reinado social del Corazón de tu Hijo. Haz que los cristianos amen al Santo Padre de Roma con el amor con que Jesús amaría al representante de su Padre. Haz que las autoridades civiles gobiernen los pue­blos por el amor lleno de desinterés con que Jesucristo amó hasta dar la vida por sus vasallos. Haz que los ricos y los patrones amen a los obreros y pobres con la ternura e interés con que Jesús los amó y defendió, y que pobres y obreros los amen y respeten con humil­dad. Haz que los padres amen a sus hijos con amor verdadero, santo, celoso de su salvación, custodio de su pureza, subordinando todo interés temporal. Y que los hijos honren y amen a sus padres como lo haría Jesús con San José y la Virgen María. Haz que la Igle­sia tenga compasión de los pueblos idólatras con la compasión de Jesús y que con su amor busque la paz de los pueblos y el respeto de todos sus derechos. Haz que las naciones se amen como dos corazones de Jesús, y así las Congregaciones (y demás instituciones y movimientos de la Iglesia), así los partidos políticos, así las clases sociales, así las familias».

«Amemos a las almas del Purgatorio, a los Santos, a los Angeles, a San José y a la Santísima Virgen como el Corazón de Jesús los amó y sigue amándo­los».

Como ya vimos, el P. Vallet, haciendo los Ejerci­cios Espirituales de San Ignacio de Loyola, tuvo la ex­periencia espiritual de ser reanimado (revivido) por Cristo. Le cambió la vida. Y además, oyó la llamada del Señor a consagrarse a la difusión de esos mismos Ejercicios, que llegaron a ser el alma y el arma de su vida espiritual y apostólica De ellos decía que eran los «nuevos cenáculos de nuestros tiempos donde el Espí­ritu Santo realiza, como en el tiempo de los Apóstoles, las más admirables conversiones e inflama en el celo más irresistible del bien de las almas y de la Gloria de Dios».

De esto tenía sobrada experiencia personal, tan­to espiritual como apóstolica.

Advierte el Padre la creciente instalación en la sociedad de lo que hoy llamamos «estructuras (socio­políticas) de pecado» y cómo atentan contra el hombre y su dignidad. Ve asimismo la deficiente vida en la parroquias, a causa de la falta de unión, de amor y d seguimiento de Cristo y de su Iglesia, de modo particu­lar al Papa y sus enseñanzas.

Todo ello le hace caer en la cuenta de la necesidad de una renovación espiritual de las parroquias, mediante la creación en ella de un grupo fuerte de hombres de fe, reanimados por los Ejercicios Espirituales, unidos entre sí y con los pastores de la Iglesia.

Hombre de mentalidad sumamente práctica, des­cubre en la estructura de la parroquia una base firme y el modo concreto de unirse más efectivamente con los obispos, con otras instituciones de la Iglesia y de­más fieles cristianos. Ve la parroquia como «la célula vital, base de la constitución de la familia espiritual cris­tiana», como él la llamaba.

Sabia el P. Vallet la importancia que tenía la parroquia: su misión coincide con la misión de la Iglesia, en ella la Iglesia está visible, encarnada y operante entre los hombres a fin de que todos los feligreses creyentes tengan «un sólo Corazón» (cf Hch 4,32; 4,22ss.), el de la Iglesia, que es el de Jesús.

He aquí una afirmación suya, a modo de legado espiritual apostólico, para todos lo que, de alguna manera, somos sus hijos: «Nuestro ideal es conducir por la Parroquia a la Diócesis y a la Iglesia al mayor número de jefes o de futuros jefes de familia, los que pueden influir en la orientación espiritual y religiosa de los hom­bres, en la magna campaña de la cristianización o recristianización de la sociedad humana… con los obis­pos y bajo su dirección».

En fin, el P. Vallet llamaba a este su tan ansiado ideal de la Unión de toda la humanidad en el Corazón de la Santísima Trinidad: «Alianza de Amor». Cree­mos que a esta misma realidad se refiere hoy el Papa Juan Pablo II, al llamarnos a construir la esperada «Civilización del Amor», meta global de la Nueva Evan­gelización.

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