El fundador

Por P. Gregorio Rodríguez cpcr. y Hno. Gustavo Scamurra, cpcr

 

clásica

P. Vallet. Fundador de los CPCR

Francisco de Paula Vallet nació en Barcelona el 14 de junio de 1883. De familia cristiana, y acomodada, hizo sus estudios primarios en el colegio de la Bonanova, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Y los secundarios, con los Padres jesuitas en el colegio «Sagrado Corazón».

Paco, como lo llamaban, era bastante revoltoso y no muy aplicado ni constante en los estudios. Salía airoso en las pruebas, porque era inteligente.

El último año de los estudios secundarios figura como miembro de la floreciente Congregación Mariana del colegio. Pero lo fue más por costumbre que por convicción personal. No es extraño que abandone pronto las reuniones y la verdadera participación en las actividades de dicha Congregación,

Juventud

Paco va a vivir su juventud sin fe.

En la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona hace estudios de ciencias exactas. Está lleno de ilusiones, como todo joven, y de expectativas más fantasiosas que reales. Más que estudiar en serio, como lo exige la universidad, pone en juego sus muchas cualidades para concretar tantas y tantas ilusiones que bullen en su cabeza: frecuenta la alta sociedad con un elegante «buen vestir» y es todo un «señorito» de prestancia.

Organiza, con otros compañeros, obras de teatro y actúa en ellas con entusiasmo y éxito. Con el dinero recaudado ayuda­ban a los pobres.

Se afilió y fue miembro activo del partido políti­co «Movimiento regionalista», no separatista.

Militó también en la Federación Universitaria de Cataluña, y estuvo presente en enfrentamientos estudiantiles contra los ultraderechistas.

Un día, los estudiantes provocaron a las fuerzas del orden y éstas irrumpieron en la facultad donde los jóvenes se habían atrincherado. Paco entonces simuló una deserción: abandonaba y se entregaba. Logró sa­lir de la facultad escoltado por la policía, y cuando se encontró entre la muchedumbre, reunida en la puerta de la facultad, comenzó a gritar: «¡Viva la revolución estudiantil!» La policía se abalanzó sobre él. Se escabu­lló entre la gente y escapó metiéndose en un almacén de telas. Allí se escondió entre los paquetes de ropas.

Sumergido en la vorágine política, Paco no tiene tiempo de estudiar. Faltaba frecuentemente a clase. Por eso en las pruebas finales se hallaba en grande apuros. Durante alguno de los exámenes mal preparados, fingió un desmayo; el profesor se vio obligado suspender el examen para otra fecha. ¡Objetivo logrado!

¿Todo era hermoso y salía bien, metido en la agitada vida socio-política, estudiantil, y enzarzado en los múl­tiples compromisos de vida de la «alta sociedad»? No. Él mismo lo reconocerá años más tarde: «Cuando cumplí los veinte años y tomé conciencia que los cumplía, me di un hartazgo de llorar. Me di cuenta que había pasado veinte años, sin servir a nada, ni a nadie, ni a mí mismo… ¡Me horrorizaba ante el espectro de una vida estéril».

¿Que hará en semejante situación? De momento seguirá buscando la evasión.

Frecuenta los ambientes literarios como para llenar el vacío de su vida, hasta el punto en que el atractivo por la literatura llegue a ser más poderoso que las obligaciones de estudio.

Participa en las tertulias de literatos y artistas.

Colabora en «Juventud», órgano de los intelectuales de Cataluña de tendencia liberal. Su primer y único artículo se titula: «¿Qué es locura?».

Escribe también en «Jove Catalunya». Ahí escri­bió varios artículos en la sección «Horas vagas».

Todo esto, ¿no está significando claramente la crisis interior personal por la que está atravesando? Muy desilusionado busca por otros derroteros.

A los veintitrés años se inicia en el mundo de los negocios y finanzas. Lo hace en colaboración con su padre. Las cosas empiezan bien y funcionan mejor: con buen éxito incluso.

Pero tampoco en esto ni en su carrera de inge­niero industrial que intentaba llevar a cabo, se encuentra satisfecho. «Mi corazón, -escribirá- que yo anhela­ba sentir jugoso, afectuoso, sincero y sin cálculos, se encontraba cada vez más seco».

Por esa época hablaba también de «casorio». Las relaciones con su novia Rita eran buenas, la edad con­veniente como para casarse, y… de modo casi repen­tino rompen relaciones. Como se ve, los proyectos humanos de Paco se derrumban uno tras otro.

«¿Qué le pasa a Paco?». Es lo que se comenta en familia y entre amigos, porque nadie entiende nada

Jesuita.

Unos sucesos ocurridos entre junio-noviembre del año 1906, serán la causa de algunas decisiones importantes para el futuro de Paco Vallet.

El primero, la ordenación sacerdotal y primera misa de su íntimo amigo Edualdo Serra, en la que par­ticipó. Ver llegar al sacerdocio al amigo de infancia y joven abogado, le impactó; llegó a tocarle fuerte.

Treinta años después, recordando aquel momento, el P. Vallet expresará que la primera misa de su amigo, fue uno de los signos y motivos determinantes para decidir su vocación al sacerdocio.

El segundo, las vacaciones de aquel verano de 1906.

¿Qué sucede? Por el día se divierte, bien a su manera; y por la noche… ¡no duerme!

No logra reconciliar el sueño acosado de terribles pesadillas sobre el infierno. En esas noches de in­somnio, deja la cama e intenta hacer unas oraciones que ya no recuerda. Lo cierto es que en su interior se debaten clara y fuertemente fuerzas bien contrapuestas que no lo dejan en paz.

Y llega un momento en que, no pudiendo más, «se encierra sobre sí mismo, con gran disgusto de su madre que no entendía nada» (Nota de su Diario).

Comienza unos paseos diarios, con gran sor­presa de los suyos, al santuario de San Miguel de los Santos, allí cercano.

Años más tarde contará a sus primeros compa­ñeros Cooperadores, que fue allí, en la soledad, silen­cio y oración donde recibió la primera inspiración de consagrarse a una vida de mayor perfección. Para ser fiel a esto, rompió definitivamente sus relaciones con Rita.

¿Y ahora?

Terminadas las vacaciones, y de vuelta a su ambiente… los amigos y amigas encuentran un cambio notable en la vida de Paco.

En su familia lo ven mal. Y suelta esta frase, a unos y a otros, en momentos imprevisibles: «Muy pron­to me verán jesuita». Nadie entiende nada. Y entre «incomprensiones insufribles», él, se debatía «en una terrible lucha interior». ¿Hasta cuándo?

Su desconcierto, su lucha, la incomprensión, etc. , también le han hecho enfermar. En estas condiciones visita a su amigo de infancia, el P. Serra. Entre otras cosas hablan de Ejercicios Espirituales: « …” Yo sé que tú, sacerdote, los practicas, -le dice Paco-. Yo los hice de niño y a lo niño… Necesito luz y fuerza. ¿No habría manera de que yo también los pudiera practicar?…” Inesperada fue aquella pregunta para mi amigo que tanto y tan profundamente conocía mis aflicciones, mi vida… Como yo insistía tomó en serio mi interés y me preguntó: “Pero tú quieres hacerlos en serio?…” “Sí, quiero hacerlos, necesito soledad. paz… He llegado a los veinticuatro años sin haber en toda mi vida pensado con la consideración y estudio que merece, el por qué estoy en este mundo… estudié matemáticas, cien­cias naturales y exactas, filosofía, historia, arte, nove­la, teatro … , pero nunca me estudié a mí mismo, ni el fin de mi existencia… Quiero hacer los Ejercicios… Nece­sito que Dios me ayude… Me siento invitado misericordiosamente”».

Es claro y contundente. Está muy claro.

Decide hacer los Ejercicios. Los va a realizar en la Cueva de Manresa, allí donde san Ignacio los vivió y escribió. El mismo P. Serra se lo comunica a la familia. No lo entienden. Ven en ello un capricho más de este hijo, para abandonar todo lo que trae entre manos. ¡Una vez más!

Le va a costar hacerlos: porque se enferma, su madre se opone…   ¡Pasa algún tiempo y se olvida!

Pero al fin triunfa la gracia: «una fuerza interior lo impulsó». «Necesitaba» ir a Ejercicios y «quería hacerlos».

Y los hizo a partir del 25 de febrero de 1907. Lo acompaña el P. Mariano Esturi, sj. Tenían que durar cinco días, conforme a lo acordado. Pero a petición de Paco, el Padre prolongará el retiro a diez o doce días. No fueron fáciles, pero sí decisivos.

Dios le convirtió, le cambió la vida, le transfor­mó. Y Paco le respondió al Señor: se entregó. «Tomé, -dice-, resoluciones trascendentales y para toda mi vida». Tales fueron la de hacerse jesuita y la de dedicarse a los Ejercicios. Y así fue.

Los primeros días de julio de 1907 ingresa en el noviciado que la Provincia jesuítica de Aragón tenía en Gandía (Valencia). Paco es ahora el Hno. Vallet.

Fueron dos años de experiencia intensa espiri­tual e ignaciana. El 6 de julio de 1909, durante la misa de comunidad, pronuncia sus votos de pobreza, casti­dad y obediencia, junto con otros compañeros. Y pasa a la etapa de estudios sacerdotales, para llegar a ser sacerdote jesuita en julio de 1920.

En estos años se va a destacar por la iniciativa y promoción de algunas experiencias apostólicas muy notables en pro de los Ejercicios para hombres. Así empezaban a concretarse los anhelos apostólicos que Dios había puesto en su corazón en aquellos primeros Ejercicios en Manresa.

En la Cuaresma de 1910 organiza dos tandas de Ejercicios para hombres en Gandía. Estos hombres van a ser buscados uno a uno por él y alguno de sus com­pañeros, que van a recorrer los pueblos vecinos visi­tando, anunciando e invitando (campaña en pro de Ejercicios). Participaron 8 en la primera tanda y 43 en la segunda. Ya empezaba a manifestarse con claridad el apóstol de los hombres que va a ser toda su vida. El Hno. Vallet empieza a ser llamado el Hermano de los Ejercicios.

Varios años más tarde, él mismo va dar el si­guiente testimonio personal:

«Un grupo de hombres de El Real de Gandía se presenta en la casa pidiendo por el “Hermano de los Ejercicios”.

Badal (un peluquero de vida antes desarreglada), ha muerto, después de hacer los Ejercicios, como un santo. La población quiere otra tanda de Ejercicios a toda costa. Ningún hombre quiere quedar sin hacer­los.

¡Qué pena! No se halla operario apto para ir a darlos. Pero el Padre Rector… no se resigna a dejar a aquellos buenos hombres sin los deseados Ejercicios, cuyos admirables frutos llenaban ya de entusiasmo la vega de Gandía.

El Hermano organizador pide al P. Rector le permita poner condiciones a estos buenos comisiona­dos antes de otorgarles la cuarta Tanda de El Real, que él mismo deseaba más que todos.

– ¡Qué condiciones quiere Ud. imponerles, Her­mano?

– Que han de pasar de 200 los inscritos.

– Pero… ¿será posible?

– Que habrá de haber, al menos, de diez pobla­ciones diversas, para que la «Obra» se extienda por todas ellas …

Los buenos hombres contestaron a la primera exigencia juvenil: «¡Pasarán!». Y a la segunda: «¡Pasa­rán!»…

Y pasaron. Esta tanda constó de 206 hombres. Hubo de 15 poblaciones distintas, y ¡qué de conversiones!… »

Va así gestando sus planes apostólicos durante los años de formación. Son planes de «acción recristianizadora» en favor del hombre mediante los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola.

Desde el año 1922 al año 1927 va a dedicar toda su actividad jesuítica y sacerdotal a los Ejercicios para los hombres en la parroquia. Y a fundar la «Obra de Ejercicios Parroquiales» (O.E.P.) de Cataluña. Obra de laicos, para laicos, al servicio de la Iglesia en sus res­pectivas parroquias.

He aquí algunos datos significativos de esas fechas:

– Director de la casa de ejercicios de Manresa.

– Predica la primera «tanda de Ejercicios parroquiales» en Cervera (Lérida).

– Desde entonces y durante cuatro años dirige las campañas de Ejercicios y la Obra de Ejercicios Parroquiales en Cataluña. Le ayudan dos compañeros jesuitas.

– Estadísticas: se utilizaron 23 casas, se dieron 27 campañas, con un total de 153 tandas de Ejerci­cios y 8.540 ejercitantes.

– Organiza y dirige diversas asambleas de la Obra de Ejercicios.

– Predicaciones cuaresmales de Ejercicios abier­tos en varias Iglesias de Barcelona. Sobresalen las de la parroquia de san Agustín, con una participación de más de 8.000 personas. Son radiadas y sin tiempo limitado. Ambas cosas son novedad y primicia. Se cuen­tan notables conversiones.

– Predica ejercicios a los 720 presos de la Cárcel Modelo. También aquí, grandes y numerosas conver­siones.

El Padre Vallet es un apóstol ardoroso, de fuego. Un fuego de Amor a Cristo y a sus hermanos los hombres, tan alejados, en aquella época, de todo lo religio­so y parroquias. Un fuego que le quemaba el corazón y la vida, e incendiaba a los demás.

Al cabo de todo esto, el P. Vallet está cansado, agotado y enfermo. Espiritualmente, desgastado. Sus superiores le ordenan que descanse y le envían a Veruela (Zaragoza).

Aquí está al margen de toda aquella actividad vertiginosa. Descansa y ora.

Pero ¿y todo aquello que ha realizado, funda­do…? Obedece con alegría. Descansa. Ora. ¡Dedica mucho tiempo a la oración!

Fundador

Nunca le había pasado por la cabeza. Y un día, precisamente el 3 de junio de 1927, en Veruela, al término de su oración, recibió la inspiración de fundar una nueva Congregación religiosa. Es claro y contun­dente para él; no puede dudarlo.

Discerniendo y consultando, y siempre obede­ciendo, quiere asegurarse que aquello que ha percibi­do viene realmente de Dios. En esta intensa búsqueda de discernimiento espiritual pasa once meses exactos.

En este tiempo, siempre se le confirma más, in­terna y externamente, que ha de fundar una Congre­gación para llevar adelante aquella Obra de Ejercicios, iniciada por él, y en marcha, renovadora de hombres para la parroquia.

Y proyecta cómo hacer… ¡Sobre todo sin dejar la Compañía de Jesús, que tanto amaba!

Quiere ser fiel a la nueva vocación recibida. Y toda su vida lo será, aunque le cueste grandes y costo­sos sacrificios. El primero de todos, abandonar su Congregación amada: la Compañía de Jesús. Después de todo, no quedó otra alternativa.

El 3 de mayo de 1928, en aquel entonces fiesta litúrgica de la Invención de la santa Cruz, deja la Com­pañía y empieza una nueva Congregación: la de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey. «Ese día, ­dijo-, encontré mi cruz».

Dos días después ya está en Roma, queriendo poner las cosas en limpio en la Sagrada Congregación para los Religiosos.

Ahí en Roma encuentra lo primero que necesi­ta: un obispo que le acepte en su diócesis como sacer­dote, dejándole tiempo para dedicarse a la Funda­ción y a los Ejercicios. Lo encuentra en la persona de Mons. Damiani, Vicario general de la Diócesis de Sal­to, en la República Oriental del Uruguay. ¡Lugar y am­biente bien lejano y totalmente desconocido para el P. Vallet!

Con los debidos permisos, el P. Vallet va a per­manecer un año largo en Barcelona. Ahí tiene sus gran­des amigos, sus miles de ejercitantes, todo… como para empezar a ser realmente Fundador de la nueva Con­gregación.

En ese tiempo se le agregan cuatro jóvenes que quieren, como él, arriesgarlo todo por Cristo y por los demás, porque Dios los llama a ello.

Los cinco se la juegan. Y como verdaderos aven­tureros de Dios se lanzan a lo que está porvenir: una constante sorpresa de Dios, la Congregación que él quiere para dar Ejercicios y convertir hombres en la Parroquia y para ella. Pero para eso necesitan vivir de fe pura y de esperanza a toda prueba. Y así será: este embrión, con el tiempo se hará verdadero cuerpo e­clesial.

Sube, con los cuatro compañeros que se le han unido, al barco que les llevará a Uruguay

En Uruguay

EL P. Vallet con un grupo de hombres en Uruguay.

EL P. Vallet con un grupo de hombres en Uruguay.

5 de junio de 1929. Después de haber celebra­do la misa con sus cuatro compañeros, embarcan en el puerto de Barcelona, rumbo a tierras desconocidas: Uruguay.

Cientos de personas, entre ellas la mamá del P. Vallet, habían acudido al puerto a despedirlos. Pero él vivía su propia experiencia espiritual. «En el puerto, —­escribira a su hermana—, de repente, podría de­cir que acababan todas las manifestaciones divinas, para comenzar otro calvario».

Durante la travesía y en el barco que les lleva hacia América del Sur, el Padre dirige cada día el rosa­rio; en la misa dominical predica. Organizó también un ciclo de conferencias que se prolonga durante 8 días.

A fines de junio ya están en Salto (Uruguay), provisionalmente instalados por el obispo. Y en septiem­bre se ubican definitivamente en lo que será y es hoy día la «Casa San José», casa de Ejercicios.

Hasta marzo de 1932, fecha que marca el final del Padre Vallet en Uruguay, el trabajo ha sido intenso. Una Comunidad CPCR volverá en 1950.

Ha predicado Ejercicios, organizado campañas y la Obra de Ejercicios; ha publicado la revista «Vida Interior». Ha remodelado la casa acomodándola para casa de Ejercicios, etc., etc.

En Junio de 1930 festejan con notoriedad, en Salto, los primeros 500 ejercitantes. Y en mayo del año siguiente, en Paysandú, la fiesta de los 1000 ejercitantes.

Digamos que durante treinta meses de actividad en Uruguay, el Padre predicó 57 tandas de Ejercicios cerrados con un total de 1.340 ejercitantes. ¡Inaudito! Sí, inaudito en aquel entonces y en aquel país. Predi­có, además, retiros abiertos, conferencias y charlas por diversas circunstancias. Y como años atrás en Catalu­ña, surgen cientos de hombres renovados, convertidos, nue­vamente enfervorizados y comprometidos en su pa­rroquia, etc.

Durante este tiempo, la comunidad inicial de los Cooperadores Parroquiales ha hecho su camino.

En la «Casa San José», exactamente el 15 de agosto de 1930, los cuatro compañeros del «Grupo» emitieron votos perpetuos (en forma privada) de po­breza, castidad y obediencia. A estos tres votos añadie­ron el de ingresar en la Congregación cuando ésta fue­ra jurídicamente tal, al ser aprobada a nivel diocesano por un obispo.

El Padre trabajaba también intensamente en la formación y acompañamiento de sus primeros com­pañeros e hijos. ¡Y muy seriamente! Lo sabemos por cartas y documentos suyos. Pero… la comunidad no crecía numéricamente, De Europa llegó alguna voca­ción más; pero no duró. En Uruguay no surgían voca­ciones. ¿Qué hacer?

Lo cierto es que, por razones diversas y de im­portancia, dejó Uruguay en marzo de 1932 y se em­barcó para España con uno de sus compañeros: Juan Terradas.

 En Francia

El 23 de marzo arriban a Barcelona. Aquí se que­dará un año un poco largo. Aquí va vivir y sufrir en carne propia algunos acontecimientos muy dolorosos.

Los tantos y tantos ejercitantes de años atrás están divididos entre sí y con la autoridad jerárquica de la Iglesia diocesana.

El pastor de la diócesis, Mons. Irurita, «agobiado por aquella división dolorosa de tantos diocesanos su­yos amados, recibe al P. Vallet como a un salvador providencial.» Tanto que le promete la incardinación en la diócesis.

El Padre trabaja incansablemente por lograr la unidad y la paz. Sufre, ora, habla, desaparece… Pero la armonía, la unidad, queda salvada y restaurada. En general, salvo algunas particularidades, todo vuelve a sus cauces con gran fiesta presidida por el Sr. obispo.

Mientras tanto, el P. Vallet se retira a un monasterio cisterciense, en los Pirineos franceses. Aquí vive experiencias muy importantes para él y para la na­ciente congregación. Viaja por Europa estudiando di­versos movimientos apostólicos juveniles. Y como la incardinación prometida por el obispo en Barcelona queda sólo en promesas, se despide del obispo y deja su ciudad natal: era el domingo 23 de julio de 1933.

31 de julio. En este día de san Ignacio el Padre se halla ya en Francia, concretamente en el monasterio trapense de Sept-Fons. ¿A qué ha venido al otro lado de los Pirineos, y más precisamente a este lugar?

En Sept-Fons hay un Abad muy reconocido en aquellos años: Dom Chautard. Es el famoso autor del no menos famoso libro «El alma de todo apostolado». Con él precisamente quería hablar. A él abrirle el alma y pedirle consejo: quiere asegurar­se más y más que la Fundación de los Cooperadores Parroquiales es de Dios; ¿lo quiere El, no es capricho personal?

Pero fue imposible, pese a la insistencia Dom Chautard no le podía atender en muchos días. Y no pudo quedarse en la hospedería del convento porque está repleta de huéspedes. Le aconsejan otra Abadía, otras personas, aunque estén lejos. Le orien­tan hacia Aiguebelle. Y como el buscador del tesoro, el Padre parte para allá.

En esta Abadía trapense Dios le esperaba de un forma nueva y totalmente inesperada para el P. Vallet. Efectivamente, allí se encuentra con Mons. Pic obispo de Valence, diócesis a la que pertenecía Aiguebelle.

Se vieron por primera vez el día 20 de agosto, aunque el corazón de Mons. Pic ya había sido conquis­tado por el P. Vallet a través de una revista jesuítica francesa cuando aún no era obispo. El 27 tuvieron una larga entrevista. ¿Qué salió de ahí? Su nuevo obis­po y su nueva diócesis: para él, su Fundación y su Obra. No sólo eso, sino que el mismo Sr. obispo le va a pres­tar, primero, y vender después, una antigua fábrica de seda que él había comprado para convertiría en Semi­nario de vacaciones. El edificio, viejo y destartalado, se convierte muy pronto en casa religiosa y de Ejercicios. Será desde entonces hasta hoy todavía la «Maison de Retraites “Nazareth”»: «Casa de Ejercicios “Nazaret”», cer­ca de un pueblo llamado Chabeuil, diócesis de Valence, Departamento de la Drôme, en el valle del Ródano.

La nueva casa fue inaugurada con solemnidad: una tanda de Ejercicios del 2 al 8 de abril de 1934 para 37 ejercitantes, venidos todos de Cataluña (Espa­ña), antiguos ejercitantes del P. Vallet. Se clausuró con la asistencia de Mons. Pic, obispo de Valence.

La comunidad cpcr también está ya instalada y ayudando en la tanda. Con el P. Vallet están : Juan Terradas, Herman Bonnin y François Marty, corno seminaristas, y Miguel Soler, Carlos Furés y Josep Flo­resta, como hermanos coadjutores.

La permanencia del Padre en Francia (abril de 1934 – mayo de 1945) va a resultar el período más importante de su vida como apóstol incansable y Fundador de dos Congregaciones y de la Obra de los Ejercicios Parroquiales. También lo va a ser para su vida espiri­tual, porque las pruebas y los sufrimientos van a ser una experiencia de Dios fuerte y constante, que no le van a faltar ni en los mejores momentos apostólicos. ¿No hay aquí una prueba de autenticidad en todo lo que está llevando a cabo?

Se empiezan a dar Ejercicios y con mucho fruto. De abril de 1934 a marzo de 1936 se dan 37 tandas de Ejercicios con un total de 799 hombres ejercitantes. Lo cual conlleva mucha oración y sacrificio, propa­ganda personalizada con visitas a domicilio, charlas y conferencias, etc.

Las vocaciones empiezan a venir en seguida. La mayoría son franceses (algunos ya sacerdotes) y otros son españoles: los PP. Gallart y Planas.

Se dan en Francia por esos años unos movimien­tos muy críticos e incluso opuestos a ciertas doctrinas de fe y costumbres emanadas del Magisterio Pontifi­cio. El Padre se hace un abierto defensor de la unión doctrinal y acatamiento sin discusión a todo lo que ve­nía del Papa y de sus organismos de gobierno. En este ambiente surge su frase que orientará siempre a los Cooperadores: «¡Tenemos un faro de la verdad: Roma!».

En Francia pudo realizar un deseo suyo, anterior a los Cooperadores Parroquiales: la fundación de una Congregación religiosa femenina. El P. Vallet será Fundador y Padre de dos Congregaciones, distintas y complemen­tarias. Los mismos ideales, un mismo espíritu, una mis­ma misión apostólica. Las Hermanas Cooperatrices Parroquiales de Cristo Rey fueron fundadas el 31 de octubre de 1943, fiesta de Cristo Rey, con la toma de hábito de Montserrat (hermana del P. Vallet) y de Vir­ginia, viuda de Plantavin, francesa.

El P. Vallet y sus comunidades viven también, ¡y de qué manera!, el conflicto bélico de 1939 a 1944. En todo ese tiempo no suspendieron ni sus actividades apostólicas ni menos las religiosas, a pesar de que tu­vieron que abandonar la Casa “Nazaret” y llevarse todo lo que de ella pudieron, pues fue requisada por el ejército alemán. Prestada por el Sr. obispo, se trasladaron a otra casa y en otro lugar.

Por otra parte, este nuevo lugar era una zona adecuada para la clandestinidad. Aquí se hallaban es­condidos entre bosques los «maquizards»: hombres patriotas (no todos lo eran, pues había infiltrados co­munistas entre ellos) que desde allí hostigaban por sorpresa al enemigo alemán.

Un grupito de estos jóvenes guerrilleros se pre­sentaron en casa, amenazantes y bien armados, bus­cando al P. Vallet. «Venga con nosotros», fue la res­puesta que dieron a su amable saludo. «El Padre estaba, convencido de que le había llegado su hora de derra­mar la sangre por Cristo. Al oír esta orden, no dijo una palabra, y con paso ágil y rápido, obedeció». Así des­cribe el hecho uno de sus compañeros: Juan Terradas.

Se lo llevaron y lo tuvieron prisionero en un ba­rracón medio arruinado durante dos días y medio. Pre­vias gestiones de algunos de sus compañeros lo devol­vieron, sin que pudiera moverse de casa. Volvieron a molestarle y tuvo que esconderse en la Trapa de Les Dombes. Meses después volvía a su casa “Nazareth”, ya instalada allí de nuevo la comunidad. Con el entu­siasmo de siempre, sigue organizando y predicando tandas de Ejercicios.

Diciembre de 1944. Tiempos de postguerra. Un día el obispo se presenta inesperadamente en casa. Quiere salvar al P. Vallet de un posible arresto y desaparición. Tenía esta confidencia por medio de un alto Jefe de la Policía. El mismo obispo quiere que el Padre sea trasladado en su propio auto a la lejana Trapa de Sept-Fons para vivir allí escondido. Mientras tanto, él se ocupará de cómo hacerlo pasar a España.

Hacia fines de abril de 1945, el P. Vallet vuelve a España con pasaporte especial del Ministerio de Asuntos Exteriores, por medio de la Embajada española, desde París a Madrid. Los demás compañeros españoles lo harán después, así como su hermana Montserrat.

En Francia ha dejado dos comunidades: la Casa “Nazareth”, en Chabeuil, y la Casa “San José” en Les Mées, esta última como casa noviciado. También deja iniciada la rama femenina.

Las permanencias «obligadas» en la Trapa de Les Dombes y en la de Sept-Fons fueron para el Padre tiempos preciosísimos dedicados a largas horas de ora­ción, a escribir a sus hijos y a trabajar intensamente, ante todo, en las «Reglas de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey», (que después va a poner en marcha en la comunidad; aunque, a decir verdad, ya las estaban viviendo religiosamente bajo su guía y orien­tación), y también para empezar a elaborar las Consti­tuciones (que no llega a concluir) de esta nueva y espe­cífica Fundación, que llegará a Congregación religiosa de derecho pontificio en 1979.

Ocho años antes había lanzado la revista MARCHONS!, como órgano de perseverancia y animación espiritual y apostólica de los ejercitantes, y en favor de los Ejercicios.

En fin, el P. Vallet dejó en Francia otras muchas cosas: ¡incluso gran parte de su salud y su vida! Las siguientes estadísticas lo muestran, mucho más allá y más al fon­do de los simples números:

– 31 de diciembre de 1936: fiesta de los 1.000 primeros ejercitantes.

– 2 de enero de 1938: ¡los 2.000!

– 11 de febrero de 1939: ¡los 3.000!

– Navidad de 1940: ¡los 4.000!

– 2 de agosto de 1942: ¡los 5.000!

– 31 de octubre de 1943: ¡Los 6.000 ejercitantes!…

¡Cuánta Gloria a Dios y servicio evangelizador al hom­bre! ¡Se necesita… CARISMA!

Hace años, un sacerdote alemán daba este testimonio elocuente a un Padre Cooperador: «iAh! ¿Vds. son los del P. Vallet? Yo, estando en Francia, no lo conocí; pero conocí el ambiente despertado por él con los Ejercicios. Los hombres se desplazaban kilómetros para ir a escucharle: en camiones, en coches particula­res, en bicicleta, a pie… ¡¡como cuando van al fútbol!!»

En España

El 18 de mayo de 1945 el P. Vallet llega a Ma­drid. Quiere entrar en contacto urgente con Mons. Eijo Garay, obispo titular, para solicitarle poder ins­talarse en su diócesis. Primero se entrevista con el obis­po Auxiliar, Mons. Morcillo, que estuvo presente en el puerto de Barcelona, en el momento en que el P. Vallet salía hacía Uruguay y comprobó por sí mismo lo querido que era por miles de hombres.

Después de algunos trámites, entre ellos el de hablar personalmente también con el obispo titular, el día 14 de junio el Padre va a visitar al obispo Auxiliar, quien le había citado para ese día. Cuando se encuentran, el obispo «con voz emo­cionada» le dice: «Mi querido Padre; venga, vamos los dos juntos a rezar el ‘Te Deum’; Mons. Eijo, con él hablé ayer hasta después de media noche, le acepta a Ud. en la Capital para que establezca en ella una Casa… y trabaje en su Obra… Dentro de algunos días Ud irá a dar las gracias a Mons. Eijo».

Sin una peseta en el bolsillo, como verdaderos po­bres, el 25 de julio llegaban a Madrid los tan esperados compañeros españoles que había dejado en Francia: Padres Terradas y Cujó-Gallart; el todavía seminarista Juan Planas, y los Hnos. coadjutores Soler y Furés. Los acompañaba también su hermana Montserrat Vallet.

Ahora se trataba de buscar y encontrar una casa que, como siempre, serviría para la comunidad y tam­bién para dar Ejercicios.

Y se encontró. El lugar: «Villa Luisiana», calle Arturo Soria 485, en Ciudad Lineal de Madrid. En ella se instaló la nueva comunidad de Cooperadores el 7 de octubre de 1945. Precio de alquiler: 1.000 pese­tas mensuales.

El P. Vallet empieza otra vez, como en Uruguay, como en Francia, lleno de entusiasmo y de proyectos.

Lo primero era remodelar la casa para convertirla en la Casa de Ejercicios “Cristo Rey”. Al respecto escribe: «Cinco cuadrillas de albañiles trabajan febril­mente en multiplicar habitaciones… En el jardín de la casa, que debe medir alrededor de 2.500 metros cua­drados, hay un garaje nuevo, otro antiguo, buhardi­llas y gallineros. Todo se está transformando; y, se reser­va para la comunidad (no se rían los queridos lec­tores) el antiguo gallinero… Podremos recibir a veinti­dós ejercitantes en celda individual, todas bien airea­das, todas, con luz eléctrica, y todas, con una u otra calefacción, verdaderamente suficiente, confortables».

Esto lo escribe el P. Vallet en ¡Avanzar!, el bole­tín Organo de la Obra de Cooperación Parroquial de Cristo Rey, en noviembre de 1945. Es decir, aún no ha comenzado la Obra de Ejercicios y ya ha lanzado el boletín que servirá de comunicación y enlace con los ejercitantes. Al principio, la mayoría de suscriptores son los antiguos amigos y ejercitantes de Cataluña.

Comenzaron las tandas de Ejercicios también en el año 1945. A fines de octubre la primera: ¡un solo ejercitante! Un joven estudiante de 18 años. En no­viembre la segunda, con 7 ejercitantes. La tercera y la cuarta en diciembre, con 9 y 6 ejercitantes respectiva­mente. ¡Cuánta esperanza y… mucha ilusión y entre­ga! Como siempre que empezaba el P. Vallet. ¡Pero fueron duros… estos comienzos de la Congregación y la Obra de Ejercicios en España!

Al año de estar instalados y trabajando en esta casa de Madrid, el Padre se lanza a la búsqueda de una casa con mayores posibilidades. Esto se lo habían acon­sejado eclesiásticos responsables y conocedores, por un lado; y por otro, los dueños de la casa ya remodelada, al año quieren aumentar el precio del alquiler con una fuerte subida.

¡Y se lanza a la búsqueda en los alrededores de Madrid! Y encuentra en el pueblo de Pozuelo de Alarcón, un amplio lugar: casa, campo, huerta, vaque­ría, etc., que estaba en venta. La finca costaba 850.000 pesetas. El Padre tenía 300.000, que le ha­bían donado benévolamente sus amigos de Cataluña… Después de hablar con el obispo de Madrid, que le da su acuerdo, el P. Vallet concreta la compra con aquel dinero que tenía, una hipoteca y el respaldo de una sociedad civil.

¡De nuevo… a empezar! Del 1 al 8 de diciembre de 1946 se daba la tanda número 19 de la Casa “Cristo Rey”; pero en la nueva casa, la de Pozuelo de Alarcón, que llevaba el mismo nombre. Participaron 12 ejercitantes.

Dicen las crónicas, y testigos oculares lo confirman, que aquellos fueron tiempo heroicos para la nueva Fundación, abundantemente bendeci­dos por el Señor.

El ánimo interior del Fundador y su comunidad queda reflejado en este fragmento de un artículo suyo escrito en AVANZAR, abril de 1947:

«… Y ni los religiosos delicados se amedrentan, antes todos vibran de alegre entusiasmo y sueñan en conversiones, en vocaciones… en salvaciones. ¡Oh, casa de las 300 habitaciones! No te hagas esperar. Las ne­cesitaremos pronto. Tandas de Ejercicios simultáneas, de diferentes categorías, de un mes, de seis días, o, como ya se han tenido en Pozuelo y, en mayor escala en Francia: tandas en distintas lenguas…

300 habitaciones, ¡qué poco! para acudir a un mundo que se pierde y a aglomeraciones de millones de almas que van perdidas. Y que nadie se desanime con el plan de las 300 habitaciones, pues son al me­nos 300 Casas las que deseamos, no ya de sólo 300 celdas, sino ¡al menos de 500 cada una! ¡Dios proveerá!

¿Es que conocéis, lectores, algún procedimiento más eficaz para salvar, iluminando, regenerando, san­tificando, elevando, que esas Pentecostés divinas de los Ejercicios?».

Se necesita haberío visto para creerlo, pero la casa de 300 habitaciones fue un hecho, aunque él no la conoció. Se construyó unos pocos años después de su muer­te. ¡Y estuvo llena de ejercitantes en retiro silencioso en más de una ocasión! El mayor de los dos que esto escribe da testimonio de ello.

Y aunque hoy no existe ni como casa de Ejerci­cios ni de Cooperadores, (ha habido que instalarse fuera del estrepitoso casco urbano de Pozuelo de Alarcón), ahí está, puede verse por fuera, porque hoy es sede del Ayuntamiento de Pozuelo.

El Padre y sus compañeros siguen predicando Ejercicios en la Casa “Cristo Rey”. Y también conferen­cias varias en distintas e importantes parroquias de Madrid. El 25 de julio de 1947 celebran la «Fiesta de los 500», primera concentración de ejercitantes en la Casa “Cristo Rey” de Pozuelo de Alarcón (Madrid).

Y comenzaron a llegar algunas vocaciones espa­ñolas. Pero al P. Vallet le quedaba poco tiempo de vida. Le sobraba, sí, vigor interior, entusiasmo, entre­ga, proyectos… pero no salud. Esta venía cada vez más debilitada desde sus años en Francia.

¿Quién había de resistir a una paternal bondad tan alegre?

Su muerte

muerto

El P. Vallet muere el 13 de agosto de 1947, alre­dedor de las 3 de la tarde.

Desenlace rápido. ¿Qué ha pasado?

El Padre seguía su actividad normal. Del 6 al 13 de agosto tiene que predicar una tanda de Ejercicios a los Padre Escolapios, reunidos en su Real Colegio de San Fernando, de Madrid.

Dio comienzo a los Ejercicios el día 6 a la tarde. El 8 por la mañana, durante la celebración de la Misa se sintió mal. Tanto, que apenas pudo terminarla. Sólo y sin decir nada se «arrastra» como puede a su habita­ción. Descansa en la cama. Sintiéndose morir, como puede, sale de su habitación buscando en la de al lado un sacerdote para hacer su última confesión.

Una angina de pecho le ha fulminado y le aco­rrala de muerte. Hasta el día 13 se prolongará su esta­do, siempre ya en cama, más de muerte que de vida.

Pero el Padre está siempre lúcido, aún en los momentos de más dolor. Tiene calma, serenidad y hasta muy buen humor, como siempre.

Al P. Navarro le pide continuar la predicación de Ejercicios a los Padres Escolapios.

A sus hermanos, que se turnan acompañándolo en su lecho de muerte, les da consejos y orientaciones para el futuro. Es consciente de que se muere, y les hace incluso bromas sobre la muerte, con toda natura­lidad, haciéndoles verdaderamente reir.

En medio de grandes sufrimientos ora incesan­temente expresando jaculatorias. Una vez se le oye decir: «Es horrible». ¡Tales son los dolores y ataques que padece!

Uno de los que están con él le observa, y, en un momento, tiene la impresión de que el Padre está hablando con alguien invisible, por los gestos que hace con la mano y las aprobaciones que expresa con la cabeza, oyéndole decir: «Bien, bien, bien…»

Un par de días después le cuenta, al entonces Hno. Planas, que lo del otro día fue una gran consola­ción espiritual durante la cual no sintió absolutamente ninguno de aquellos terribles dolores que le oprimían el pecho hasta morir.

El día 12 nombra por escrito al P. Juan Terradas, sucesor suyo a la cabeza de la Congregación C.P.C.R.

El 13 al mediodía está con él el P. Gallart. El Vallet le dice:

«Padre, es muy tarde y Ud. todavía no ha comí do. Vaya a comer.

«No se preocupe, Padre, ya comeré luego; no le quiero dejar solo. Esperaré a que llegue el Hno. Soler.

«No, no; vaya a comer. Se lo mando».

El P. Gallart fue a comer al comedor del Colegio. Está intranquilo y come rápido. Cuando sube, el P. Vallet estaba agonizando, en sus últimos momentos.

Murió como siempre había vivido: en la brecha y… pobre, muy pobre. Pero muy rico del Amor de Dios y del amor de sus hijos c.p.c.r., así como el de tantos ejercitantes que, por su medio, Dios les había renovado y profundamente cambiado su vida, su fe, su amor a Dios y a los hermanos. ¡Misión cumplida!

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