Ser voluntario, hacerse voluntario

 

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Cuando alguien con buena voluntad y corazón generoso quiere comenzar un voluntariado, hay un denominador común que siempre encuentro y es el de sentirse útil. De las primeras preguntas ¿Se necesita gente, no?

Es como si al hacer esa pregunta ya estuviéramos poniendo una pequeña condición a nuestro buen deseo.

El concepto de voluntariado que todos hemos tenido en algún momento en la cabeza, ha sido el de irnos muy lejos allí donde los niños mueren de hambre, y cuando en nuestro interior nace esa necesidad de darnos a los demás, es allí donde desearíamos que llegara nuestra ayuda. Ese pensamiento o sentimiento es tan legítimo y noble como poco real, ya que es muy probable, por muchos motivos, que allí no podamos estar.

Llegamos a un sitio y queremos ayudar, así que lo que nos gustaría sería ponernos a mover cajas, repartir comida, fregar….….a sentirnos útiles, saciando más bien una necesidad propia que de nuestro prójimo.

El tiempo es valioso, seguramente es de las cosas más valiosas que hoy en día tenemos las personas, y por eso nos cuesta tanto entregarlo sin más, así sin darnos cuenta, ponemos una condición “me tengo que sentir útil”, si a este sitio van muchos voluntarios dejo de ir porque total no es necesario.

Vaya por delante que la utilidad en un voluntariado y en cualquier otro aspecto de la vida, es necesaria, obviamente, pero yo quiero destacar dos aspectos

· esa utilidad puede venir dada de una forma no tan evidente.

· hay otros muchos aspectos a plantearse en un voluntariado junto con la “utilidad”.

Lo que nace en nosotros es el deseo de darnos, de entregarnos, de dar a otras personas que no han tenido nuestra suerte, un trocito de nosotros. Pero sería bueno que los voluntarios antes de nada aprendamos a escuchar, observar, tener paciencia y en ocasiones ser obedientes. Como muchas de las cosas buenas de la vida, la labor de entrega se cocina a fuego, ¿Cómo? yendo con frecuencia, con cariño y con apertura, de tal manera que con los días gane terreno la confianza, que te sientas parte de ese lugar y entre en tu corazón ya no como algo a lo que “me dedico en mi tiempo libre”, sino como algo que ya forma parte de mi vida, que forma parte de mí.

Hoy no es fácil encontrar en nuestras ciudades lugares donde haya necesidad real de cosas materiales, no digo que no haya en nuestros países personas que carezcan del bienestar del que yo disfruto, digo que no es fácil encontrar personas que no tengan que vestir, que comer o donde dormir. Así que más que restaurar cuerpos hay que restaurar almas, otra gran lección aprendida a base de trabajar codo con codo con religiosas y sacerdotes, de ellos he aprendido lo que es DAR con mayúsculas, y no me refiero a cosas materiales ni siquiera a dar tiempo, me refiero a lo que es entregarte tú como persona. Hace no mucho una voluntaria compañera mía, me decía respecto a la religiosa que había estado cuidando a un enfermo que acababa de fallecer “Le ha atendido en sus últimos días de vida, con un amor que ni muchas madres”, hay muchas personas a las que la vida les ha robado la dignidad, y solo otro ser humano dedicándole su tiempo, su cariño y su amor puede devolvérsela.

Cuantas veces he querido ser médico o maestra para ser de más utilidad, cada una de las veces que lo pensaba, me alejaba de lo que yo deseaba, la entrega.

Como experiencia personal puedo compartir que cuando llego a uno de mis centros, nunca sé cuántos voluntarios vamos a ser, puede que seamos tres o puede que trece. Si somos pocos, toca ir a por lo urgente, cena, fregar etc…si somos muchos puedo jugar al dominó o al baloncesto con los chicos o hacer limpieza a fondo de la cocina. El hecho de ser constante me da ventaja sobre eso, nunca me siento perdida y teniendo que preguntar qué hacer, llego y sé qué hacer. Además siempre voy con una certeza, y es que tengo un valor seguro que entregar, de lo que nunca sobra, y de lo que muchas de esas personas están a falta en sus vidas, es mi AMOR.

¿Y SI TU MERA PRESENCIA ES YA UN TESTIMONIO?

A lo mejor poder realizar una labor concreta en un voluntariado no es el único objetivo. A lo mejor es también una forma de entender la vida, de rodearte de personas que sienten como tú, de aprender de los que nos llevan ventaja en esto de la entrega incondicional a los demás o de decirle a un sacerdote misionero (con tu presencia un verano en su Misión) “no estás solo”.

Si existe en ti el deseo de ayudar, muévete, busca un sitio y ve, no le des más vueltas, y no pienses en si es el lugar adecuado, solo hazte esta pregunta ¿esto es bueno para mí? ¿Esto es lo que yo quiero para mi vida?, si la respuesta es afirmativa, entonces que eso te haga fuerte para combatir momentos en los que te puedas sentir desorientado.

Y si te preguntas lo que todos nos hemos preguntado alguna vez ¿que tengo yo que pueda dar a otros? Recuerda que un gesto de cariño, una sonrisa, son herramientas gratis, que todos tenemos, y que en este mundo, cada día que pasa, estamos más a falta de ellas.

No acabaremos con el hambre en el mundo, ni con el sufrimiento de tantas personas, pero rescataremos a personas del anonimato, les hablaremos de Dios abriendo así la puerta a la esperanza, y les podremos hacer entender que sus vidas y su sufrimiento SÍ nos importan.

Maite Miranda

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