Homilía en la solemnidad de la Inmaculada

Ofrecemos la homilía que el P. Enrique predicó en la eucaristía de celebración de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, en el capítulo general de los CPCR.

MedjugorjeHoy celebramos una Solemnidad muy importante: la Inmaculada Concepción de la Virgen María, al tiempo de comenzar un año dedicado a la Misericordia. Hoy para nosotros es además un día de discernimiento y de elección. Y para el cristiano, hemos de recordar, que todo criterio de discernimiento ante cualquier decisión es “la encarnación de Cristo”: Cristo venido en carne.

Pues bien, este criterio se lo debemos a María preservada del pecado original. Todo lo que nos acerca a la Encarnación del Verbo, es de Dios. Por lo tanto, si un pensamiento, si un deseo, te lleva por el camino de la humildad, del abajamiento, del servicio a los demás, a imitación de Cristo, tal como vivió María durante su existencia terrena, entonces, es de Jesús.

Podríamos decir que cada vez que hacemos elección en el sentido más genuinamente ignaciano, estamos colaborando con María en la Encarnación del Verbo que se entrega por esta humanidad necesitada de redención y de misericordia. Y esto es apasionante.

Hoy eligiendo al P. General y al nuevo gobierno de la Congregación, estamos colaborando junto a María en la obra de la Encarnación y en el gran milagro de la Redención. Hemos de mirar por tanto más lejos que el solo hecho de elegir. María ha sido preservada del pecado desde siempre, para ser nuestra intercesora en este momento trascendental de la vida de la Congregación.

Y bien sabe Ella que la necesitamos, porque en nuestro corazón, anidan muchas cosas que van y vienen… y parece un mercado de barrio donde se encuentra de todo como ha afirmado recientemente el Santo Padre. Precisamente por esto, es necesaria una invocación del auxilio de María Inmaculada, para que nos ayude a limpiar nuestro corazón en este año de la Misericordia y comprender lo que es verdaderamente del Señor y lo que Él quiere para nosotros.

Pidamos pues para éste día, para este año y para esta nueva etapa en la vida de la Congregación, la gracia de que nuestro corazón sea sencillo y luminoso, como el de María, y podamos así ser amables, capaces de perdonar, comprensivos con los demás, de corazón grande entre nosotros, y sobre todo misericordiosos».

Contemplando a María nos puede pasar una cosa, decir: «¡qué grande eres tú María y qué pequeño soy yo…!!», sabiendo que nunca llegaremos a algo tan sublime y precioso como lo es Ella. ¡Qué gran premio nos ha dado el Señor con María!

Con María, Dios nos ha dado el premio antes de nada. Primero el premio y después la exigencia. Creo que Dios lo ha hecho así con María. Primero la ha preservado, es decir, el premio, y después Ella ha tenido que creer y fiarse, tal como hemos escuchado en el Evangelio. En nuestra vida debería de ser así también. Comenzar por el premio y no por la exigencia. Cuando comienzo por la exigencia –o por lo que a mi corazón le resuena como una exigencia- me desaliento y dejo de contemplar el premio. Sucede como con los premios de la lotería: uno escucha la suma y le parece espléndida. ¡Qué bien resultaría ganar todo ese dinero! Pero luego hacemos el cálculo de las probabilidades y el entusiasmo se enfría. Queda como un sueño, como una probabilidad en un millón.

En mi noviciado, mi compañero de fatigas, me recomendó un libro en un momento de prueba, que se llamaba “La sabiduría de un pobre” de Eloy Leclerq y transcribo un brevísimo fragmento del diálogo entre San Francisco y el Hno.León, a este respecto, en un día en que ambos paseaban entre riachuelos por la montaña.

Contemplando el agua cristalina y pura de un riachuelo que descendía de lo alto de una montaña, el Hno. León dijo a Francisco:

—“¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza. También nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!.

—¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?— Le preguntó Francisco

—Es no tener ninguna falta que reprocharse — contestó León sin dudarlo.

—Entonces comprendo tu tristeza —dijo Francisco— porque siempre hay algo que reprocharse.

—Sí —dijo León— y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

—Hno. León, créeme –contestó Francisco-, Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. Es eso mismo, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alta, mucho más alta. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.

Vivamos este día junto a María Inmaculada, que nos abre en esta mañana “la puerta del perdón y de la Misericordia”.

Enrique Martín Baena cpcr

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