Semblanza del P. Pancho

Por P. Enrique Martín  Baena cpcr.

Acabamos de tenerIMG_1525 noticia de la partida hacia el cielo de nuestro queridísimo P. Pancho. El P. Pancho fue un sacerdote uruguayo cuyo nombre, Francisco, fue tomado por sus padres de un cooperador español, que extendió la Obra de ejercicios parroquiales en Uruguay. Este sacerdote español, Francisco Javier Navarro Tusell, profetizó que el P. Pancho llegaría a ser sacerdote. ¡Y lo fue!

Hoy, día 17 de Junio, el mismo día de su muerte, cumplía 43 años de aniversario sacerdotal y estas breves líneas quieren homenajear a quien siguió a Cristo apasionadamente a lo largo de su vida, se identificó con Él en su Pasión, y quien ya ha sido llamado a participar de la Gloria eterna.

Quisiera compartir en primer lugar una constatación evidente para aquellos que le hemos tratado de cerca, y es que él no tenía nada más querido que Cristo, siempre dispuesto a dar la vida por Él. Pancho se sentía orgulloso de su pertenencia patria, uruguayo hasta la médula, se consideraba como un “hombre sin patria”. Cuando hablabas con él, te dabas cuenta de que mantenía avivado el fuego del amor y la pasión por comunicarlo a través de su predicación y de los recursos litúrgicos que puntualmente enviaba a amigos, con quienes deseaba compartir lo que le gritaba por dentro. “Su patria” fue la tierra donde había contemplado “la zarza ardiente “ en medio de una travesía por un desierto, hecho más de revelación que de hambre e incertidumbres, que tampoco faltaron.

Él, una persona con mirada inteligente y afectivamente crítica, lo que le definía era el afecto por Cristo. Decía que las tradiciones pierden toda su savia, su vigor, si falta el fuego de una vitalidad fruto de una relación personal con Cristo.

La oración sacerdotal de Jesús, en la última cena nos habla al corazón así…: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Todo ser humano quiere vivir. En estos últimos días, hemos visto al P. Pancho queriendo vivir, no aferrándose a la vida temporal como lo único que se tiene, sino deseando vivir en plenitud, deseando una vida verdadera, llena, una vida gozosa. Disfrutaba viendo cómo la gente ha llegaba hasta él , para interesarse por su situación y para enriquecerse de sus palabras, de su compañía, con un atractivo muy fuerte. Todos los que le han conocido, intuían esa mirada positiva y encendida sobre la realidad, y ese querer vivir plenamente. Y al deseo de vivir, se une al mismo tiempo, la resistencia a la muerte. Cuando Jesús habla de la vida eterna, entiende la vida auténtica, verdadera, que merece ser vivida. No se refiere simplemente a la vida que viene después de la muerte. Esa vida, Pancho, ya la había comenzado a vivir antes de haberse ido esta mañana a la morada, que el Padre desde siempre le ha preparado.

Una vida autentica, una vida que es plenamente vida, no está sometida a la muerte, y de hecho puede comenzar ya en este mundo, más aún, debe comenzar aquí. La respuesta de Jesús es: “Esta es la vida verdadera, que te conozcan a ti, Dios, y a tu enviado, Jesucristo”. Para nuestra sorpresa, allí se nos dice que vida es conocimiento. Esto significa, ante todo, que vida es relación y si algo tenía Pancho era esa capacidad de relación con Dios y con los demás. Me ha sorprendido en estos últimos días con qué frescura, con qué pasión después de recibir la Sagrada Comunión, entablaba un diálogo cercano, espontáneo con el Misterio hasta el desbordamiento de las lágrimas. Así fue el día que recitó la oración de abandono de Charles de Foucauld. Le veíamos fortalecido después de recibir al Señor y sufrió mucho aquellos días que no la pudo recibir. Nadie recibe la vida de sí mismo, ni sólo para sí mismo. La recibimos de otro, en la relación con otro y para otros. Si es una relación en la verdad y en el amor, un dar y recibir, entonces da plenitud a la vida, la hace bella. Y por ello, la vida de Pancho en ésta última etapa, más allá del sufrimiento impuesto por las circunstancias, ha sido una existencia bella.

Sólo la relación con Aquel que es en sí mismo la Vida, puede sostener también mi vida más allá de las aguas de la muerte, puede conducirme vivo a través de ellas. “Atravesamos también la muerte, porque nunca nos abandona quien es la Vida misma”. Esta última frase se la escuché un día en que nos contaba a un grupo de amigos su experiencia como capellán en un conocido hospital madrileño donde fue capellán durante un tiempo.

Allí él celebró muchas veces solo o con una sola persona, cuando durante años había sido sacerdote de multitudes. Como reza la Escritura en el libro del Sirácida “Uno solo y estéril, si teme al Señor, puebla una ciudad”, ¡y Pancho la pobló!. O la del libro de los Macabeos “A Dios lo mismo le cuesta salvar con muchos que con pocos…., la fuerza llega del cielo”.

Otro de los aspectos que me gustaría destacar de la persona del P. Pancho era el amor que sentía por los suyos, sacerdotes, obispos, fieles…, que sentía carne de su carne. Sabemos que la petición más conocida de la Oración sacerdotal es la petición por la unidad de sus discípulos, los de entonces y los que vendrán: «No sólo por ellos ruego –la comunidad de los discípulos reunida en el cenáculo– sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (v. 20; cf. vv. 11 y 13). Pancho rezó mucho por la Iglesia, por la unidad, porque la amó mucho, yo diría que la amó visceralmente.

Él aspiraba a una unidad que se vea, a una unidad que, yendo más allá de lo que normalmente es posible entre los hombres, llegue a ser un signo para el mundo y acredite la misión de Jesucristo.

Pancho, gracias por tu amistad, gracias por tu testimonio de amor a Jesucristo y a la Iglesia. Intercede por nosotros desde el cielo y entre mate y mate cebado con la yerba del paraíso” mira con ese rostro tuyo despierto y risueño ya transfigurado, a éste tu pequeño rebaño que camina hacia el Padre, para fundarnos juntos algún día y para siempre en un eterno abrazo. ¡Brille para ti la luz perpetua!.

Entrada cielo 2

 

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